Me gusta Alicante. Me gusta mi ciudad y más todavía cuando hace eventos que sirven para destacar la creatividad que existe en la terreta. Por eso, cuando este martes 10 de marzo me levanté para asistir al primer día de las Jornadas Aliola —un encuentro organizado por la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Alicante (EASDA) que reúne referentes nacionales e internacionales del mundo del diseño— lo hice con esa mezcla de curiosidad y entusiasmo que se tiene cuando sabes que te vas a encontrar algo interesante.

El que también tenía ganas de participar era el cielo. Y digo participar porque lo de hoy no ha sido llover: ha sido intentar reclamar el protagonismo de la jornada. Desde primera hora caía agua con una intensidad creativa bastante notable. A ratos parecía una llovizna tranquila y, de repente y sin previo aviso, parecía como si alguien estuviera lanzando cubos de agua desde un quinto piso. Mientras conducía hacia el ADDA no dejaba de pensar que es una lástima no poder ponerle una reseña al clima en Google.

Con esta tontería de pensamiento llegué al destino con una puntualidad memorable (o, si prefieres una referencia más épica, con la puntualidad con la que Gandalf apareció en el Abismo de Helm). Por cierto, el auditorio sigue siendo igual de impresionante cada vez que lo veo. Una vez dentro, me recibió una excelente organización ejecutada por los propios alumnos de la EASDA y un ataque a mi frágil capacidad de asumir que ya no tengo veinte años.

Con el auditorio completamente lleno, Ainhoa y Pascual se encargaron de conducir el arranque de la jornada. Todos coincidieron en una idea que, en realidad, es un buen resumen del espíritu del evento: el diseño debe estar más presente en la ciudad. Pero no el diseño espectacular que llama la atención, sino el que funciona tan bien que no se nota y se convierte en un idioma común que unifica.

Sin embargo, quiero destacar un mensaje especialmente interesante: la necesidad y el compromiso de mejorar las instalaciones del centro para situar a Alicante donde le corresponde dentro del mapa del diseño. Y esto, Juan Antonio y Mª Carmen, lo habéis dicho en público. Ahora ya no hay marcha atrás.

Katsuko Koiso hizo una presentación que tuvo la inteligencia artificial como hilo conductor. Una exposición donde la pantalla tuvo un protagonismo especial. Por ella desfiló una sucesión de vídeos donde lo surrealista, lo daliniano, la música electrónica, el steampunk, el morphing, los gemelos, la vejez y mil conceptos más se fusionaron magistralmente. Un despliegue visual producto de una trayectoria personal que reivindica la diversidad, la inclusividad y, sobre todo, el defecto como motor de creación.

Luis Sala ofreció justo lo contrario: un toque muy íntimo, personal y cercano. Una de esas charlas que te atraviesan por su profundidad sincera. Habló de la importancia de aprender a permitirse las cosas a uno mismo, de usar las dificultades como una forma de reafirmación, de la importancia del amor, del castigo cruel que supone el silencio. Consiguió que el tono se volviera más reflexivo, casi como de una conversación compartida, y me dejó una sensación muy curiosa: la de haber ganado un amigo con el que probablemente nunca llegaré a hablar.

La nota distendida llegó con Ingrid Picanyol: un ejercicio magistral de lógica servida con una guarnición de humor bien emplatado. Y antes del final aún tuvo tiempo de transmitir una última verdad, de esas que te llevas a casa y resuenan en tu interior cada día: la duda no es signo de la ignorancia.

Y así es como terminó el primer día de las Jornadas Aliola. Alicante necesita muchos eventos de este tipo. Porque somos algo más que playa y chiringuito. Alicante tiene voz, una que conviene escuchar y no dejar en el olvido.