
Cuando echo la vista atrás y pienso en lo que ha sido mi vida, me doy cuenta de que mi camino siempre se ha parecido más a un relato improvisado que a una novela bien pensada. Mis padres se enteraron de que estaban embarazados por sorpresa, durante muchos meses les dijeron que nacería mujer y entré en escena antes de tiempo en una piscina de Elche. Creo que, sin saberlo, ya entonces estaba marcando el ritmo de mi vida: una búsqueda larga y un poco tortuosa de lo que realmente quería hacer con las palabras.
Mi infancia y adolescencia las pasé en Alicante cambiando de casa con asiduidad y soñando con inventar instrumentos que se tocaran solos y autopistas con un carril para cada tipo de vehículo. Con doce años descubrí los juegos de rol y entonces fue cuando empecé a escribir: relatos, reglas nuevas, personajes y mundos enteros. Conocí Warhammer Fantasy y se convirtió en mi propio universo. Hoy en día todavía lo es, en cierta manera.
El instituto fue una época dura: el aislamiento interno, el sentirme perdido y la necesidad de recurrir a la fantasía y de crear un cómic sobre un elefante rosa para encontrar explicación y mi sitio en el mundo. La universidad no me hizo cambiar el rumbo. Quise filosofar en Sevilla, quise ser un Monty Python más, quise inventar la "poesía en prosa", una forma propia para dar cabida a mis escritos. Spoiler: nada funcionó.
Sin embargo, una caída siempre es una oportunidad para volver y así fue para mí. Regresé a Alicante y estudié Comunicación Audiovisual. Ahí fue donde volví a conectar con mi esencia y redescubrí algo que yo ya sabía y había olvidado: el poder de la palabra por encima de cualquier imagen.
Una imagen vale más que mil palabras. Pero una palabra puede evocar más de mil imágenes.
Entonces llegó el momento de ir a Barcelona. Allí me formé como escritor en serio. Amplié registros, exploré géneros, aprendí a ordenar, aprendí a emocionar. Pasaron otros diez años y un nuevo regreso a Alicante tuvo lugar. Con Rosa, mi mujer y compañera de los últimos diecisiete años, con ganas de evolucionar una vez más.
Ese cambio llegó con el copywriting. Gracias a él aprendí que los textos también tienen intención. Que convencer y emocionar no son cosas tan distintas. Que la vida es una rueda que gira y gira y que cada vuelta es una oportunidad para encontrar un nuevo punto de partida.
Ese momento me ha llegado ahora de la mano de una crónica. Me obliga a buscar el ángulo que nadie está mirando, el detalle humano que lo explica todo mejor que cualquier dato.
Y eso es lo que hago aquí. Verme como lo que soy: una consecuencia de los giros de mi vida que me permite decir hoy día que soy escritor. Uno con un estilo sencillo, cercano y sin pompa. Uno con un toque ligero de humor porque, al fin y al cabo, eso es lo que tiene la vida.
Si se puede decir, se puede escribir. Y yo lo hago con gracia.