Son las cinco de la tarde y Fani evita las mesas de reparto. Ella prefiere quedarse detrás: cargando bolsas, moviendo cajas, preparando carros.
Frente a una de las mesas, una pareja de personas mayores intenta explicarse. Él no puede oír. Ella apenas puede hablar. No tienen familia ni nadie que les ayude.
En la mesa de al lado, una mujer soltera y víctima de maltrato.
Un poco más allá, un joven que acaba de llegar a España y no entiende el idioma.
Todos piden aceite, arroz o una botella más de leche.
Todos se lo merecen.
"Soy demasiado blanda", dice.
No sabe decir que no.
Durante años, escenas como esas se repitieron varias tardes por semana en la Despensa Solidaria de Alicante. Aquella relación directa con las personas era precisamente lo que había llevado a Fani hasta allí: ver el impacto inmediato de la ayuda, saber quién recibía cada bolsa, poner rostro a cada historia.
No ser uno más.
Ser alguien concreto ayudando a alguien concreto.
Pero eso ha cambiado.
Hoy la Despensa ya no reparte alimentos.
El desgaste, el cansancio y la falta de relevo generacional habían ido agotando poco a poco a quienes sostenían la asociación. Entonces llegó el cambio de sistema.
Las tarjetas monedero pretendían acabar con las llamadas "colas del hambre" y permitir que cada familia pudiera comprar exactamente lo que necesitaba. Fani entiende parte de esa lógica. La vio durante años en las mesas de reparto.
"No me des más paquetes de garbanzos porque para cocinar uno me quedo sin bombona de butano y eso no nos lo podemos permitir".
Eso también lo escuchó allí.
Pero el nuevo modelo dejó a la Despensa sin aquello que hacía posible repartir alimentos. Sin las entregas del banco de alimentos, una asociación pequeña como la suya ya no podía sostener el reparto.
Y, además, estaban los que se quedaban fuera.
Porque el sistema solo cubre a las familias con hijos.
Entonces Fani vuelve a pensar en la pareja de ancianos. O en la mujer maltratada. Personas que siguen necesitando ayuda aunque ya no existan las colas.
"Ahora se encarga el gobierno", dicen los que se han marchado.
Para ellos, fue una forma de cerrar una etapa. Dieciséis años después, el cansancio era demasiado grande.
Pero los correos siguen llegando.
Personas preguntando dónde pueden conseguir algo para comer. Personas que no encajan en el nuevo sistema. Personas que siguen necesitando ayuda.
Por eso la Despensa Solidaria de Alicante todavía existe.
Las tardes de reparto desaparecieron. También los carros llenos de arroz, aceite o garbanzos.
Pero Fani sigue allí.
Ahora responde correos, organiza papeles y ayuda a sostener unas clases de español para personas migrantes que apenas entienden el idioma al llegar.
El nombre, sin embargo, sigue siendo el mismo.
Despensa.